Más allá de La Farola, del sol, los ríos, playas, se erige Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, primera villa fundada en 1511 por Diego Velázquez, y ampliamente demandada por los visitantes de la mayor de Las Antillas.
Baracoa no miente
La magia de La Farola Además de poseer como contraste peculiar, la dulzura y sencillez de sus pobladores y la rara hermosura de una urbe entre montañas, ríos y una exuberante vegetación que invita al paseo; sorprendente resulta su exotismo paisajístico, que se complementa con la presencia del Yunque y diversas arterias de agua, entre ellas las del Toa - considerado el río más caudaloso de la Isla, y el Miel, en cuyas corrientes se entreteje la leyenda de que: Quien se baña en sus aguas se queda por siempre en Baracoa.
Llegar a la Ciudad Paisaje, como también se le denomina a la Primada de Cuba, resulta una
inolvidable aventura. El viajar por La Farola, carretera cual serpentina entre las montañas, y dotada de 11 puentes colgantes a una altura de más de 600 metros sobre el nivel del mar, es razón suficiente para aceptar el convite.
La naturaleza sorprendente de Baracoa, embriagada entre macizos montañosos, cubiertos por la virginidad de sus bosques, ríos de aguas cristalinas y playas rodeadas de uvas caletas, almendros y cocoteros, la hace gozar de un sello distintivo con relación a otros destinos naturalistas.
Si usted visita esta ciudad, se verá envuelto en un ambiente colmado de recuerdos de la etapa colonial, que incluye la tenencia de la Cruz de La Parra, primero de los símbolos de la cristiandad, que trajera el Almirante Cristóbal Colón en su primer viaje en 1492 y única que se conserva de todas aquellas que puso en tierra firme.
Le aguarda una ciudad asombrosa, donde la dulzura se apodera de sus habitantes y de los que llegan hasta allá. Sus habitantes se enorgullecen de fabricar como nadie el cucurucho (dulce de coco rayado y envuelto en la yagua del propio árbol) y el exquisito chocolate, de ahí que también se le llame la Capital del coco y el cacao.
Baracoa, dulce y encantadora ciudad poseedora de la Bella Durmiente, elevación montañosa que debe su nombre a la imagen peculiar que evoca a una mujer dormida, está dotada de un impresionante realismo mágico natural.
Resulta, en suma, un paraje sorprendente.













