Guantánamo.- El 27 de noviembre de 1871 frente a una pared del barracón del Cuerpo de Ingenieros, en la explanada de La Punta, en La Habana, las autoridades españolas cometían un horrendo crimen: el fusilamiento de ocho estudiantes del primer año de Medicina, con edades entre 16 y 21 años, acusados falsamente de violar la tumba del reaccionario periodista español Gonzalo Castañón.
Historiadores cubanos coinciden en que el incidente que culminó en el horrendo crimen fue provocado artificialmente por el Gobernador Político de La Habana, Dionisio López Roberts, quien había sido destituido días antes y deseaba ganarse nuevamente la confianza de la Corte española, a fin de que lo restituyeran en el cargo, de donde había sido separado por escandalosos negocios turbios. Con ese objetivo López Roberts inventó la profanación de la tumba y restos del periodista asturiano Gonzalo de Castañón, quien como propietario y director del periódico reaccionario La Voz de Cuba, había servido fielmente a los intereses de España y contra los independentistas cubanos.
A pesar de que hasta el propio hijo de Castañón, el capellán del Cementerio General de Espada, el prebístero, el celador, el conserje, los profesores Juan Manuel Sánchez y Domingo Fernández habían asegurado la inexistencia de profanación alguna en la tumba del periodista, López Roberts arrestó a más de 40 estudiantes del primer año de Medicina el 25 de noviembre, quienes fueron conducidos a la Cárcel de La Habana.
En busca de apoyo para su tenebroso plan, López Roberts aprovechó un desfile militar para informar a cerca de mil agentes del Cuerpo de Voluntarios, defensores del régimen colonial español, sobre la supuesta profanación de la tumba de Castañón, logrando que éstos, en su inmensa mayoría ebrios por los festejos de esa jornada, se pronunciaran por la muerte de los estudiantes traidores e insurrectos e incluso trataron de sacarlos de la cárcel para lincharlos sin previo juicio.
Sin ningún tipo de garantía legal, la farsa del juicio se realizó en la misma Cárcel con un tribunal integrado por cinco miembros del Ejército Regular español, pero la injusticia era tan evidente que no tuvo más remedio que declarar a los estudiantes absueltos de culpabilidad alguna por los supuestos delitos.
Aquel resultado motivó la furia de los Voluntarios, los cuales exigieron fusilarlos de toda manera e impusieron la realización de un segundo juicio, en el que ubicaron a nueve de sus miembros en el tribunal, de ahí que el nuevo fallo no podía ser otro que declarar a los estudiantes culpables.
El fatídico día 27, eligieron al azar entre los estudiantes a ocho para ser pasados por las armas, incluso a uno que no se encontraba ese día en el lugar de los presuntos hechos. A las cuatro de la tarde se cumplía la criminal sentencia, hecho inaudito que todavía asombra al mundo por su injustificable crueldad.
Los restantes estudiantes obtuvieron la libertad seis meses después, sin embargo, ante el temor de la furia y sed de venganza de los Voluntarios, las autoridades prefirieron deportarlos a España. Hechos de esta naturaleza sólo contribuían a que los cubanos reafirmaran su decisión de liberarse de las cadenas impuestas por los colonizadores españoles.











