Mucho se habla por estos días de que el 2010 es, quizás, el año más difícil que enfrentará la Cuba digna e independiente en el más de medio siglo de quehacer revolucionario bajo la guía de Fidel y Raúl Castro. Prefiero disentir de esa aseveración.
El primero en nuestra escala es 1993 cuando, de la noche a la mañana, el PIB de la nación se desplomó el 35 por ciento y los que habitamos este archipiélago vimos menguadas de manera brutal las condiciones de vida creadas hasta entonces, gracias a los generosos lazos de amistad que existieron con la desaparecida Unión Soviética.
La cohesión política de nuestro pueblo en torno al Partido, Fidel y Raúl fue entonces el recurso esencial para seguir adelante, con muchos sacrificios.
Pero es innegable que el nuevo año trae desafíos muy importantes en el proceso constante y creativo de adecuar la marcha de la obra revolucionaria a las cambiantes condiciones que dentro y fuera ha encontrado en estos decenios de existencia.
Tal vez lo más significativo del nuevo episodio es que el forcejeo porque el modelo social que hemos adoptado se define esencialmente en el campo económico, en las circunstancias adversas del asedio yanqui, agravadas por las secuelas de la más compleja crisis en la historia del capitalismo, de la cual no escapamos por nuestra evidente dependencia de las relaciones comerciales con otros países.
Como se anunció en las recientes sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular (Parlamento) el pronóstico de crecimiento para 2010 es de 1.9 por ciento. Es una cifra muy discreta, apenas suficiente para mantenernos en el lado de la limitada cifra de países en el mundo que se proyectan por alcanzar un incremento de su PIB.
El pequeño crecimiento es apenas suficiente para continuar el desarrollo económico y social a partir del empleo eficiente de los recursos, en especial los financieros, de los que dispondrá el país.
En este contexto, opiniones diversas entre los cubanos señalan como una necesidad perentoria la actualización de nuestro modelo económico, a partir del retroceso evidente que ha sufrido el crecimiento del Producto Interno Bruto en los últimos años.
Hay los que claman por apelar a experiencias de los exitosos modelos aplicados en China o Vietnam, otros por aligerar las responsabilidades del Estado traspasando ciertas actividades no fundamentales incluso a propiedad privada y quienes se oponen a hacer cambios importantes en la actualidad.
Coincidimos plenamente con el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, compañero Raúl Castro, de que esa actualización debe realizarse de una manera integral, sin apresuramientos ni improvisaciones, con paso firme y seguro.
No es simple adulonería, sino comprensión acerca de la política que seguirá nuestro Estado para lograr un socialismo razonable y sustentable, en el que no sólo se preserven las principales conquistas populares sino que además Cuba siga hacia adelante con la paulatina, justa e impostergable meta de propiciar mejores condiciones de vida para su pueblo.
Hablamos de condiciones modestas, confortables y dignas, más apegadas a la verdadera forma de distribución socialista, de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo, que al igualitarismo disfrazado de justicia social.
Eso es algo que debe hacerse desde ya y no dejarle esa responsabilidad a futuras generaciones. El asunto es hacerlo, como dice un refrán popular, vistiéndonos con calma que estamos de prisa.
Traspolar experiencias es una opción válida sólo si se adecuan a las condiciones excepcionales que enfrenta Cuba.
La principal es el bloqueo yanqui, que impide a nuestras exportaciones tener acceso al mayor mercado del mundo, nos priva de créditos e inversiones, imposibilita la apertura del destino turístico cubano a los estadounidenses e incluso utilizar el billete verde, de referencia mundial, en nuestras transacciones comerciales. Nadie en el mundo enfrenta tales obstáculos.
China es hoy la economía emergente más pujante en el planeta por la utilización exitosa de mecanismos del llamado socialismo de mercado, pero ese premio tiene como una de las circunstancias favorables el comercio con los Estados Unidos, destino fundamental de las exportaciones del gigante asiático. Con Vietnam sucede algo parecido.
No concuerdo con quienes se aferran a que el Estado esté omnipresente en todas las actividades de la economía nacional.
La cuestión no es privatizar, pero tampoco hacer acciones tan radicales como aquella del 13 de marzo de 1968 de la nacionalización de las 55.000 empresas no agrícolas todavía en manos privadas, desde talleres de reparación de automóviles hasta pequeños comercios, cafés y vendedores callejeros, adoptada con la intención de desprenderse de los últimos vestigios del modelo capitalista, pero que se reconoce afectó la economía nacional, lastrada entonces por la baja productividad y la mala administración.
Poco a poco, las autoridades cubanas han ido rectificando errores y muestra de ello son las reformas que en 1994 abrieron la posibilidad de la coexistencia de un pequeño sector privado en la esfera de los servicios o el propio Decreto-Ley No. 259, de 2008, que fomenta la entrega en usufructo de tierras declaradas ociosas a personas naturales o jurídicas deseosas de aprovecharlas en la producción de alimentos.
Parece ser el momento de extender la cooperativización más allá de la actividad agropecuaria, a partir del reconocimiento que hace la Constitución cubana de que la propiedad cooperativa es una forma avanzada y eficiente de producción socialista. Si es así, ¿qué impide extenderla hacia actividades no fundamentales, como la propia gastronomía popular, pequeñas industrias productoras de alimentos o los servicios personales?
De inmediato, en 2010 habrá que laborar con eficiencia, mejorando la productividad individual y administrando a punta de lápiz los recursos disponibles.
Otra vez la cohesión del pueblo en torno a la dirección histórica de la Revolución y al Partido Comunista será garante de ese proceso, con el aliciente en el orden externo que son los nuevos lazos de provechosa integración con los países del ALBA y las buenas relaciones con socios comerciales importantes como China y Rusia.
Mucho trabajo, austeridad y el perfeccionamiento gradual de nuestro modelo económico es la fórmula para que Cuba marche hacia delante, con paso firme y seguro.











