Guantánamo.- La huelga general para derrocar al presidente Gerardo Machado se había extendido por todo el país y convertido en una poderosa fuerza política.Machado, temiendo ser apresado, huyó despavorido hacia Nassau.
Era el 12 de agosto de 1933, y asumía la Presidencia de la República Carlos M. De Céspedes, un títere sumiso en las manos del tenebroso embajador norteamericano Sumner Welles, quien era en realidad el que manejaba las riendas del nuevo Gobierno. La Revolución había sido traicionada.
Desde hacía tres años antes, el Partido Comunista había propagado la idea de que el derrocamiento de Machado debía convertirse en una revolución agraria y antiimperialista, que posibilitara confiscar tierras a compañías norteamericanas y repartirlas entre los pobres, así como también nacionalizar todas las empresas yanquis y devolver las riquezas a su dueño legítimo, el pueblo de Cuba.
El 20 de marzo de ese propio año se produjo una huelga en la que tomaron parte unos 200 mil trabajadores bajo la consigna de ¡Abajo Machado!, dirigida por el Partido Comunista y en especial por Rubén Martínez Villena. A partir de esa multitudinaria protesta, la acción revolucionaria de masas devino en suceso cotidiano.
Ese propio año los estudiantes organizaron el Directorio Estudiantil Universitario (DEU), continuador del fundado en 1927, que cobró vigencia nacional a partir del 30 de septiembre, en que lanzaron el Manifiesto al Pueblo de Cuba, donde planteaban que la única solución al problema cubano era el cese de aquel régimen, con la inmediata renuncia del Presidente de la República.
En la misma medida en que Machado, lejos de consolidar el neocolonialismo, lo hacía peligrar, fueron surgiendo grupos reaccionarios de oposición a la tiranía, tales como la Unión Nacionalista, que apoyaban el dominio yanqui en Cuba y demostraban su afán de servir a Washington y de obtener su beneplácito para derrocar al dictador Machado.
Con esa esperanza protagonizaron un levantamiento el 8 de agosto de 1931, en el que participaron combatientes honestos del antiguo Ejército Libertador, estudiantes y de otras procedencias, entre ellos Antonio Guiteras, intentona que fracasó y el pueblo pudo ver claramente cuáles eran sus intenciones.
El Gobierno estadounidense, temiendo que en Cuba se produjera una revolución, envía a Sumner Welles a La Habana con instrucciones de procurar que Machado permaneciera en el poder, para sustituirlo al concluir su mandato por otra figura leal al imperio, así como enmascarar la injerencia yanqui dándole forma de mediación amistosa entre el dictador y los grupos de oposición. En caso de que fuera necesario el uso de la fuerza, utilizar al ejército cubano y evitar nuevas intervenciones de los marines.
Esta propuesta fue aceptada por el Partido Nacionalista y el ABC. Contra ella lucharon el DEU, el Partido Comunista, el Ala Izquierda Estudiantil y Antonio Guiteras con sus partidarios, con lo que se corroboró la posición que cada una de estas fuerzas había mantenido ante los representantes del imperialismo a lo largo de ese periodo.
Pero las masas populares no detienen la ofensiva que culminó en la formidable huelga general de agosto de 1933. La situación se le había ido de las manos al mediador Welles, pues la huelga, iniciada en los ómnibus de La Habana, se había extendido a todo el país, primero en función de demandar mejoras económicas, hasta llegar a convertirse en una poderosa fuerza política que exigía el fin de la tiranía machadista.
En un intento desesperado, Welles le sale al paso a la huelga apoyado por el ABC y los viejos caudillos políticos reaccionarios, provocando un cuartelazo militar que deja la situación en sus manos. Nuevamente el Gobierno norteamericano frustraba las esperanzas independentistas de los cubanos, que debieron esperar 26 años más para conquistar, con las armas en las manos, la ansiada libertad.











